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domingo, 23 de octubre de 2011

Pray...

Quizás hay cosas que uno no se plantea hasta que se encuentra en silencio. Es sólo en esos instantes, solo ahí, cuando los pensamientos fluyen por la mente a su antojo, sin posibilidad de un "ya lo pensaré". Ahora es el momento. No hay nada más. Sin embargo, yo siempre he dicho que "no me gusta pensar". Esto se suele malinterpretar. De hecho sólo recuerdo una persona que me entendió a la perfección y además compartía mi sistema. Pensar nos obliga a veces a sentir y ésto a su vez nos puede hacer sufrir. La mejor manera de evitar el sufrimiento es, para mi parecer, dejar de pensar. Vaciar la mente y simplemente "nada". Es algo similar a rezar, sin intención de ofender a nadie. Cuando las personas piden algo al de arriba, sea Buda, Alá, Dios, blanco, negro o con 7 brazos, el entorno es siempre igual. Silencio. Concentrarse, ordenar los pensamientos y hallar la forma de transmitirlos. Para todo ello se necesita lo mismo. Y así me siento ahora mismo, en silencio. No por mucho tiempo.



Buscaré mi propio ruido.

viernes, 21 de octubre de 2011

Eat...

Exquisito o contrario a mi gusto, dejémoslo así. La gastronomía en Shanghái es un interrogante diario. Los olores se pasean por las calles cogidos de la mano de vapores gigantescos que salen de sartenes y dibujan estelas de sabores que cada día sorprenden a mi paladar. El picante es el bastón culinario de todo cocinero y el making-off de todo el proceso es apasionante. Dudo que su conocimiento se haya forjado en altas escuelas de cocina bajo el mando de un chef estricto, pero yo les doy mi particular "estrella".




Son maestros del movimiento. Tallarines, arroces, bollos rellenos de carne, y tofu. El olor de éste último inunda las avenidas sin ningún tipo de complejo, siendo éste indescriptible y al menos para mí, desagradable.



Agarrar los palillos de manera relajada lleva su tiempo y tras días de lucha constante aprendes a hacerlo, o al menos eso creo.




El sabor... el sabor aquí en Shanghái está en la calle.. :)

domingo, 18 de septiembre de 2011

Shanghái nunca duerme




Las calles parecen dormidas aquí en Shanghái. Una mujer en bicicleta carga cinco veces su peso en la espalda. Me mira y sigue su paso. La banda sonora de la ciudad se compone de bocanadas de silencio y aire frío. Paseo sin dirección con mi cámara de fotos. La luz de los edificios va guiandome a través de anchas avenidas que se entrelazan con calles estrechas. Hay algo en todo esto que me hace sonreir. Todo tan bello, todo tan lindo.




Llego a mi casa. Ahora puedo verlo todo de otra forma. Desde mi ventana atisbo las luces que antes me miraban de forma altiva. Respiro y me siento bien.




Buenas noches Shanghái.








domingo, 11 de septiembre de 2011

Shanghái, dulce hogar

Llevo 10 días en Shanghái y ya me siento como en casa. Desde una pequeña cafetería de estilo irlandés, me paro despúes de una semana tan estresante a escribir lo que pudiera ser el comienzo de mi diario shanghainés. Me acompaña un rico caffè macchiato y me rodean sujetos de nacionalidades dispares, ninguno occidental debo añadir. La sensación es extraña, bella y confusoria.


La banda sonora que acompaña este momento es relajante y la decoración me hace olvidar que haya volado varios cientos de kilómetros para estar aquí. El ruido de los coches interrumpe en ocasiones la tranquilidad. La carretera es una lucha encarnizada de vehículos dispuestos a ser los primeros en llegar, cueste lo que cueste. Y los viandantes se mueven como serpientes entre todo ese atasco como si no le dieran importancia alguna.


Tengo mucho que escribir y no sé por donde empezar. De momento lo dejo aquí. Voy a hincarle el diente al pastel de chocolate que el camarero me ha servido tímidamente.

Mi primera semana se resume en taxis que derrapan, rascacielos amenazantes y mucha, mucha locura: Bienvenidos a Shanghái